domingo, 7 de junio de 2015

Comentario Teatral "La Venadita" Mario Ojeda

CICLO DE TEATRO HISTÓRICO EN EL PATIO DE COMEDIAS

Comentario  Teatral

MARIO OJEDA



LA VENADITA es una obra teatral creada y dirigida por Susana Pautaso e interpretada por Juana Guarderas.

Mientras buscamos el número de asiento en la sala del Patio de Comedias el personaje recibe al público actuando sin actuar. Nos recibe con una sonrisa de agrado mientras prepara al abuelo fuego.

El público siente esa actuación verdadera y no sabe qué hacer con ello, no sabe si responderle con otra sonrisa o sólo sentarse y esperar mientras se inicia la obra.

Esta relación se mantendrá, esta delicada manera de acercarse al sentimiento del público, hacerlo ingresar en la trama pero a la vez dejarlo que decida.

Se inicia el monólogo y con ello la vida en escena del personaje. Un personaje reconocible no por saber su nombre o procedencia sino por intuirlo vivo en cualquier plaza, en cualquier casa o construcción de barro de algún lugar cercano a Quito o quizás del campo.

Un personaje que ya lo conocemos pero que a lo largo de la representación nos damos cuenta que no es como lo habíamos tenido en el inconsciente colectivo, pues con cada unidad temática del desarrollo de la obra sentimos que recién la estamos apreciando a profundidad y que es bonito verla, disfrutarla, acogerla, amarla, recordarla.

Desde el inicio La Venadita es un personaje que se erige grande porque es delicado y profundo, con una gran determinación para defender con su vida lo que es valioso. Es una mujer anciana con una juventud encantadora en su alma, con la armonía eficaz de lo simple que se vuelve bello. Mientras transcurre la obra se vuelve cada vez más bella mientras camina al encuentro con la muerte.

La Venadita debe entregar la acumulación de vida diaria y conocimiento a su nieta, quien debe llegar antes de que las campanas del duendecillo del cielo se la lleven.

Lo que va a entregar a su nieta no es un conocimiento cualquiera: es la dulzura con que La Venadita ha tratado a los seres que han llegado a su camino, es el cálido corazón creador del fuego abuelo en las tortillas de maíz  y en la voz de La Venadita que moldea las partes de la existencia humana para darles sentido de amor. Quiere entregar a su nieta la sabiduría del monte y la sanación de las enfermedades por medio de yerbas y plantas que forman parte de su chocita y de su entorno. Quiere que su nieta sea depositaria del canto transparente y purificador del agua y del jugueteo vivas y alegre de la risa y del viento.

Constantemente pide ayuda a los elementos sabios del fuego, del agua, del viento hecho canto y de la danza para que se cumpla su deseo y a la vez necesidad de entregar a su nieta lo que ya nos lo ha regalado a los espectadores con su sabia actuación femenina en todos los episodios narrados de su vida.

La dramaturgia de este trabajo es poderosa. El personaje vive un gran conflicto por eso es un gran personaje que no afloja la sutil tensión dirigida al público ni un instante.

Temática extrema que requiere lo mejor de la mujer-actriz para plantear a través de La Venadita con cándida sencillez lo mejor también de la conciencia humana frente a la vida y frente a la muerte.

El mestizaje idiomático muy frecuentado por la actriz en otros trabajos esta vez no se dirige hacia lo cómico sino hacia lo identitario para compartir con su público una dramaturgia creada desde las raíces indoamericanas que se proyectan universales.

La representación da como resultado un poema de la vida que se dirige a si misma es decir camina al encuentro de la propia vida. No es un poema de lirismos o de desgarradoras sentencias filosóficas sino más bien un conjunto de lenguajes ecuatorianos que se unen para hablar de nosotros.

Poco movimiento corporal en escena sin embargo gran movilidad de emociones y sentimientos a través de un acertado manejo de los momentos de intensidad y blandura tanto en las acciones como en el texto.

La trama y dentro de ella el conflicto es narrado y vivido por medio de varias herramientas artísticas-humanas: la narración de hechos, la representación imaginaria de situaciones y personajes, el manejo de textos y canto en quichua y español, el canto, el canto-baile pero con una gran fuerza comunicativa no por su espectacularidad sino porque surgen plenas de contenido humano y sabiduría con naturalidad y dulzura.

Todos estas herramientas actorales provocan sin decirlo una confrontación entre los seres convocados a la teatralidad. Es una confrontación en el territorio de la conciencia que se libra en la mente y en el corazón de los espectadores.

La utilería de la puesta en escena no corresponde a una estética de lo bonito por su forma y color sino a una estética de lo bello por su uso y significado, es decir aquí nuevamente Juana Guarderas intérprete y Susana Pautaso autora, vuelven a ser fiel a las raíces de donde parte este llamado inspirador de la conciencia que permite a estas dos mujeres grandes construir una aún más poderosa... La Venadita.

El personaje junto a sus abuelos y taitas fuego, agua, viento, montañas cuya representación funcional conviven en su casa, se encargan de permitirnos asistir no a un monólogo teatral sino a una obra donde los elementos de la naturaleza convertidos en personajes tienen un papel, cumplen sus objetivos y desarrollan sus lenguajes.  

Lo sacro y lo profano de la cultura indoamericana se vuelve cotidiano, práctico y preciso. Va y viene con fluidez y ligereza en la virgen con su procesión,  en un bastón de mando que puede ser bastón, garrote y hermano, en el maíz alimento y representación simbólica del runa y en cada hecho narrado que nos permite vislumbrar el espíritu que alienta la vida.

Detrás de cada hecho pasajero en la realidad vital de La Venadita el espectador siente la presencia del aliento de vida y el corazón de todos.

Cada elemento-personaje que forma parte de la obra tiene poder, es un poder para el bien, para la continuidad, para el encuentro, para el goce, para el amor y desarrollan cada uno su lenguaje a través de señales y efectos que el personaje central nos hace sentir.

La obra es generosa porque se expone ante un público citadino que poco entiende acerca de los ciclos productivos del campo donde los elementos de la naturaleza determinan la sobrevivencia de todo cuanto existe en el planeta y marcan los tiempos de siembra y cosecha, que son a la vez tiempos de esperanza y realización de esa esperanza humana.

La tónica emotiva se percibe intensamente así como en la pieza musical de ritmo capishca "LA VENADITA" originaria de los cerros del Chimborazo de donde surge el nombre de esta obra teatral.
También la pieza musical que forma parte del género de los arawis de la literatura indígena es de afecto y casi ternura hacia la hermosa hembra fugitiva.  “zapalla taruguitalla” (“Solitaria venadita”) de sonido tan dulce.

Todo el poema indígena de la canción está traspasado por contacto con la naturaleza. Es un canto de amor y ternura a una criatura de esa naturaleza que vive en soledad y anchos horizontes.  Esos sentimientos eran por completo ajenos a los colonizadores hispanos, para quienes una venada no era sino objeto de cacería. 

El poema es documento palpitante de otra sensibilidad expresada en su pureza primitiva y también es ese justamente uno de los mejores logros de la dramaturgia y de la actuación teatral.

La nieta de la Venadita que desde niña ha vivido en la ciudad no acude al llamado de su abuela. Tal parece que ha sido cazada ya.